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El agotamiento crónico que genera el masking no es ningún secreto para nosotros. La interacción social rara vez nos sale natural; al principio, es puro trabajo de campo.
Vemos que alguien tira un comentario, el grupo reacciona, y para sobrevivir sin que nos descubran, escaneamos la situación y copiamos. Imitamos tonos, repetimos frases hechas, calculamos posturas. El problema de la imitación es que funcionamos como una inteligencia artificial en fase beta: la teoría la tenemos, pero a veces tiramos un chiste fuera de lugar o nos reímos tres segundos tarde porque estábamos procesando la información. Y fingir ser el alma de la fiesta por puro instinto de supervivencia te drena la energía para el resto de la semana.