• textil
  • remanufactura
  • autoetnografía
  • neurodivergencia

Descoser para entender.

Una reflexión autoetnográfica sobre neurodivergencia, diagnóstico y remanufactura, pensada desde una prenda que permanece inconclusa y desde el gesto de descoser para comprender cómo fue construida.

7–8 min de lectura
Mesa de taller iluminada con una lámpara, cuaderno de apuntes abierto y una chaqueta intervenida con parches y bordados

Escuchar la nota8 minutos

Hay prendas que termino rápido y otras que quedan detenidas durante años.

Tengo una chaqueta que ha pasado bastante tiempo en ese estado. La he guardado, cambiado de lugar, trasladado de una casa a otra. Cada cierto tiempo vuelve a aparecer como un proyecto pendiente. Le agrego materiales al bulto, guardo alguna imagen de referencia, imagino qué podría hacer con ella y después vuelve a quedar ahí.

Durante mucho tiempo pensé que estaba detenida por falta de tiempo o porque todavía no encontraba una buena solución. Ahora no estoy tan segura.

Al reencontrarla, incluso había olvidado que algunos retazos seguían sujetos solamente con alfileres. La prenda estaba literalmente esperando una decisión que yo no había tomado.

Pensando en mi trabajo autoetnográfico entendí algo que antes no había considerado: quizás esa espera también forma parte de la historia de la prenda.

No tiene una biografía de uso compartida conmigo, porque llegó a mí antes de ser mía en ese sentido. Pero tampoco está vacía. Ha acumulado traslados, materiales, intenciones, dudas. De alguna manera, también ha ido acumulando mis dificultades para decidir qué debía llegar a ser.

Un saber que tenía cuerpo antes de tener teoría

Últimamente he pensado bastante en esto mientras intento comprender mi propia neurodivergencia. No porque crea que una prenda pueda explicar una experiencia humana ni porque quiera convertir cada procedimiento textil en una metáfora de mí misma. Pero cuando trabajo con textiles aparecen preguntas que después reconozco en otros lugares.

Esta forma de mirar no apareció solo con el diagnóstico. Se ha ido construyendo también entre las lecturas, mi propio hacer textil y una genealogía que antecede a esas lecturas: el taller de costura de mi madre, donde descoser era un gesto tan cotidiano como coser, y donde nadie llamaba conocimiento a lo que ahí se transmitía entre mujeres, aunque lo fuera.

Donna Haraway me ayudó a pensar que el conocimiento nunca se produce desde ninguna parte, sino desde posiciones y cuerpos concretos. Tim Ingold, a volver sobre el hacer no como una ejecución posterior al pensamiento, sino como una manera de conocer. Sarah Pink, a prestar atención a lo sensorial y corporal como parte de la investigación.

Pero fue en Gestos textiles, de Tania Pérez-Bustos, donde estas ideas tocaron de manera más directa mi oficio. Repetir, deshacer, remendar y juntar aparecen allí como gestos materiales capaces de producir conocimiento. Pérez-Bustos me ayudó a encontrar un lenguaje para nombrar un saber que en mi casa ya tenía cuerpo mucho antes de tener teoría: coser, desmontar, esperar frente a una prenda y volver sobre ella también puede ser una forma de investigar.

Descoser, por ejemplo.

Descoser no es simplemente destruir una construcción anterior. Hay que mirar qué hilo mantiene unidas las piezas, dónde comienza una costura, dónde se cruza con otra, qué puede abrirse y qué podría dañarse si tiro demasiado fuerte.

A veces necesito desmontar una prenda para comprender cómo fue hecha. Desde afuera no siempre se ve. El diagnóstico en la adultez ha tenido algo de eso para mí.

No hizo aparecer una persona nueva. Yo ya era esa persona antes de poder nombrar algunas cosas que me ocurrían. Y tampoco quiero mirar retrospectivamente toda mi vida para convertir cada dificultad, intensidad o comportamiento en una señal que debería haber sabido interpretar.

Pero cambió algunas preguntas. Experiencias que había entendido por separado comenzaron a tocarse.

La facilidad para permanecer horas concentrada en algo que me interesa y el enorme esfuerzo que pueden requerirme otras tareas aparentemente simples. La necesidad de organizar ciertas cosas de formas bastante específicas. El agotamiento que puede aparecer después de situaciones que desde afuera no parecen especialmente exigentes.

También mi manera de trabajar. Observar mucho. Volver. Insistir. Encontrar relaciones entre cosas que aparentemente estaban separadas. Quedar detenida frente a una decisión durante muchísimo más tiempo del que esa decisión parece justificar.

No sé cuánto de todo esto explica un diagnóstico. Quizás tampoco quiero que lo explique todo. Pero nombrarlo me permitió mirar algunas costuras desde el revés.

Negociar con lo que ya existe

En remanufactura ocurre algo parecido, aunque materialmente más concreto. Una prenda usada nunca llega como una superficie neutra. Tiene costuras anteriores, deformaciones, desgastes, decisiones de fabricación, reparaciones y marcas de los cuerpos que la han usado.

No puedo empezar desde cero. Tengo que negociar con lo que ya existe.

A veces una costura determina por dónde puedo intervenir. Un desgaste obliga a desplazar una pieza. Una diferencia de color aparece bajo un bolsillo que estuvo allí durante años. Algo que en otro proceso podría entender como defecto empieza a participar en las decisiones.

Cuando la prenda tira

Quizás por eso últimamente pienso también en el patrón. En costura una prenda puede estar perfectamente confeccionada y, sin embargo, tirar sobre un cuerpo.

La reacción puede ser pensar que el cuerpo debería cambiar. Pero también podemos mirar el patrón. Buscar dónde aparece la tensión. Dónde falta margen. Qué está impidiendo el movimiento.

Desde que empecé a comprender algunas experiencias desde la neurodivergencia, esta pregunta se volvió importante para mí. Durante mucho tiempo, frente a ciertas dificultades, mi primera reacción era preguntarme qué estaba haciendo mal.

Ahora intento hacer otra cosa. Mirar también las condiciones. Bajo qué circunstancias puedo realizar una tarea. Cuánta energía requiere. Qué ocurre antes y después. Qué formas de organización me sostienen y cuáles terminan consumiendo más energía que aquello que intentaba resolver.

No significa que todo esté afuera ni que toda dificultad desaparezca cambiando las condiciones. Tampoco significa que ahora tenga una explicación ordenada sobre mí misma.

De hecho, parte de mi trabajo autoetnográfico ha consistido precisamente en encontrar cosas que no terminan de cerrar.

La chaqueta sigue ahí

Y quizás eso también me incomoda porque quiero pedirle demasiado. No solamente que llegue a ser una prenda que pueda usar, sino que me represente, que diga algo, que esté a la altura de la imagen que imaginé para ella.

A veces pienso que la dificultad para terminarla está también ahí. En exigir una resolución demasiado completa.

Tal vez por eso me interesa cada vez menos pensar estos procesos desde la reparación. Reparar puede sugerir que existe un estado correcto al que habría que volver.

La remanufactura trabaja de otra manera. Parte de algo que ya fue construido, usado, desplazado o descartado y pregunta qué puede hacerse desde allí.

No borra necesariamente las marcas anteriores. Trabaja con ellas. Quizás conocerme tenga algo de eso.

No encontrar finalmente una versión correcta de mí misma ni explicar hacia atrás todas mis decisiones.

Más bien aprender a reconocer algunas estructuras, algunas tensiones y también las marcas que han quedado de intentar adaptarme.

Descoser cuando necesito entender. Y no sentir que todo lo que abro tiene que volver a cerrarse inmediatamente.

“Podemos pensar que el cuerpo debería cambiar. O podemos mirar el patrón.”

Lorena Rodríguez Lain

Entender cómo funcionás no tiene por qué ser un trabajo solitario.
Empecemos por ahí.