Vi un espacio minimalista blanco, con piso reflectante y luz por todos lados, y pensé: ahí yo no duraría diez minutos. Pero también entendí por qué tanta gente lo recomienda para no sobrecargar a una mente neurodivergente. Las dos cosas son ciertas, y ese cruce es justo lo que quiero desarmar acá.
Hay una idea instalada: si sos neurodivergente, tu espacio tiene que estar ordenado, despejado, sin estímulo de más. Y en parte es cierto. Pero si ese “sin estímulo de más” se convierte, en la práctica, en sinónimo de blanco, brillante y vacío. Y ahí es donde algo no cierra.
El brillo no es un detalle estético
Una tesis de la Victoria University of Wellington comparó a 83 adultos autistas con 134 no autistas, preguntando qué elementos del ambiente construido les generaban más malestar. El deslumbramiento (glare) y la luz eléctrica aparecieron entre los factores con mayor diferencia entre ambos grupos, junto con el ruido de la gente. Es decir: el piso brilloso que refleja la luz no es un capricho estético que “queda lindo”. Es, medido, una fuente de estrés sensorial.
A esto se suma la sensibilidad a la luz fluorescente y a los LED fríos, que según distintos estudios afecta entre el 50% y el 75% de las personas autistas, con hiperactivación cortical medible frente a un parpadeo que la mayoría ni siquiera percibe. No es una preferencia estética: hay menor inhibición en la corteza visual, así que el cerebro autista procesa esa luz con más esfuerzo real.
Lo que Mostafa realmente propone
Magda Mostafa es la arquitecta que en 2008 creó el primer índice de diseño para autismo basado en evidencia, el ASPECTSS. Y hay algo que ella misma aclaró, en una entrevista reciente: mucha gente asume que lo que propone son ambientes estériles, neutros, vacíos de estimulación. Y no es así. Lo que plantea es flexibilidad: espacios que permitan tanto buscar estímulo como evitarlo, según el momento y la persona. Su índice incluye conceptos como el “espacio de escape” (un lugar de repliegue dentro del mismo ambiente) y la “zonificación sensorial” (zonas con distinta carga sensorial conviviendo en un mismo lugar).
Ahí aparece el primer quiebre con la estética minimalista de Pinterest: un espacio “autism-friendly” bien diseñado no es un cubo blanco, ultra minimalista y casi vacío. Es un espacio con variación, con lugares para replegarse, con materiales que no reflejen ni la luz ni el sonido.
Ese límite que buscaba
Y acá creo que está la respuesta a mi propia pregunta. El límite no pasa entre “ordenado” y “desordenado”. Pasa entre dos tipos de objeto:
los que cumplen una función regulatoria: los auriculares, algo para tocar o mover, una manta con peso, un libro conocido, un objeto de apego, algo que permita mover el cuerpo
y los que son puro ruido visual decorativo: objetos que están porque “quedan bien”, sin cumplir ninguna función para quien habita el espacio
Un lugar puede estar lleno de lo primero y sentirse profundamente calmo. Y puede estar vacío, blanco y perfecto, y ser insoportable, si ese vacío es solo estético y no deja lugar para regular nada.
Cuando el mismo espacio no alcanza para la doble excepcionalidad
Acá se complica más todavía si además tenés TDAH. Porque mientras la parte autista busca evitar sobrecarga, la parte TDAH funciona casi al revés: con menos receptores de dopamina disponibles, un ambiente demasiado silencioso y sin variación puede sentirse genuinamente incómodo, no como aburrimiento leve sino como una necesidad física de estímulo que no está siendo satisfecha. El mismo cuarto blanco y en silencio que a una parte del cerebro le da paz, a la otra la puede estar dejando en un estado de inquietud difícil de nombrar. No hay un único diseño que resuelva esto: hay que diseñar para las dos cosas a la vez, no para una sola.
Una alternativa con respaldo: diseño biofílico
Una línea de diseño que sí tiene evidencia detrás y va en la dirección contraria al cubo blanco es el diseño biofílico: luz natural en vez de artificial, plantas, materiales con textura orgánica, líneas curvas en vez de aristas duras, variación de temperatura y aire. Varios trabajos recientes muestran que estos elementos reducen la sobrecarga sensorial y mejoran el bienestar en personas neurodivergentes, y que las formas curvas, que imitan lo que aparece en la naturaleza, funcionan mejor que la geometría dura típica del minimalismo frío.
Hay incluso un caso, contado por una consultora en diseño biofílico, de un niño autista que se agitaba en un living recién renovado: el sofá nuevo liberaba compuestos químicos que él detectaba y sus padres no. Es solo una anécdota, no un estudio, pero ilustra algo que el diseño minimalista suele ignorar por completo: la sensibilidad sensorial no es solo visual o auditiva, también es química.
Lo que me queda de esto
Ese espacio blanco y luminoso que me pareció tremendo a simple vista probablemente iba a resultar, en la práctica, agotador: demasiado brillo, demasiado silencio, y ningún lugar donde dejar mis cosas conocidas. Lo que se necesita no es menos objetos. Es que cada objeto que esté ahí, esté cumpliendo una función. Esa, creo, es la verdadera función de una arquitectura para neurodivergentes: no la ausencia de cosas, sino la presencia de las cosas correctas.
Paola Pérez de Angelis
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